Reportera en pijama

César Vértiz pensó, sin rodeos, que era un bueno para nada.


La idea no llegó de golpe, no fue una revelación violenta, sino una certeza mansa, pegajosa, como esas verdades que se instalan después de años de repetirse en voz baja. Tal vez se había equivocado de carrera. Tal vez el periodismo nunca fue lo suyo y solo había estado fingiendo durante todo ese tiempo, jugando a ser alguien serio, alguien válido, alguien que merecía estar en una sala de redacción.


Caminaba por la noche con esa sentencia girándole en la cabeza, castigándose con cada paso. Pensó en todas las cosas que, según otros, había hecho mal. No encajar del todo. Hablar cuando no debía. Brillar en lo incorrecto. No parecer lo suficientemente grave para los momentos importantes. Ser, en el fondo, prescindible.


Renunció porque no supo aguantar, se dijo. Porque los verdaderos periodistas resisten. Porque los que valen no se quiebran por miradas, por silencios, por exclusiones elegantes. Renunció porque fue débil. Porque era más fácil irse que aceptar, de una vez por todas, que nunca estuvo a la altura de Omega Televisión.


Las luces de la ciudad parecían burlarse de él, encendiéndose y apagándose como un aplauso ajeno. Recordó la jefa, siempre correcta, siempre segura de sí misma, diciéndole que debía mejorar. Nunca estaba claro en qué. Mejorar era una palabra elástica, diseñada para estirarse solo sobre él. Recordó también a las dos amigas, orbitando alrededor de ella, confirmando cada gesto, cada decisión, como un eco entrenado.


Él, en cambio, era el alivio. El rostro amable. El que hacía reír en los pasillos. El que no incomodaba a nadie porque nadie lo tomaba en serio. El payaso útil. La mascota editorial.


Mientras caminaba, la ciudad empezó a mutar sin que se diera cuenta. Sirenas. Voces tensas. Una calle cerrada. Cintas amarillas atravesando la noche como cicatrices recientes. César levantó la mirada tarde, cuando ya estaba dentro de la escena.


Un accidente. O un crimen. Su cuerpo lo supo antes que su cabeza. El pulso se le acomodó solo, como si la renuncia no existiera, como si aún llevara el canal cosido a la piel.


Y entonces la vio.



María Echegaray estaba frente a la cámara, transmitiendo en vivo, con una naturalidad que dolía. Llevaba una casaca ligera encima de un pijama sin pudor, como si la urgencia hubiera tenido permiso para todo. Nadie la corregía. Nadie fruncía el ceño. Nadie hablaba de imagen institucional.


César sintió el peso del recuerdo caerle encima.


A él le exigían terno. Siempre. De día, de noche, bajo el sol o frente a la muerte. El traje como armadura obligatoria, como recordatorio de que debía esforzarse el doble para justificar su presencia. Una camisa fuera de lugar bastaba para una observación. Una corbata incorrecta, para una lección.


María hablaba, la cámara la quería, el equipo asentía. Todo estaba bien.


César entendió, con una claridad que dolía más que la renuncia, que el problema nunca fue la ropa.

Era el permiso.


María se le acercó con una sonrisa ladeada, de esas que no buscan compañía sino información. Lo miró de arriba abajo, como confirmando que ya no llevaba el peso del canal encima.


—¿Y tú? —dijo, casi riéndose—. ¿Por qué renunciaste?


No había mala intención explícita, pero sí esa curiosidad liviana que convierte el derrumbe ajeno en comentario de pasillo.


César sintió calor en la cara. Bajó la mirada un segundo antes de responder.


—No sé… —murmuró—. Supongo que a la jefa no le gustaba mi trabajo.


María soltó una risa breve, incrédula.


—¿Eso? —dijo—. En el canal están diciendo que te despidieron.


La palabra cayó como una bofetada suave. César tragó saliva. No la corrigió de inmediato. Se sintió pequeño, expuesto, como si la versión oficial ya lo hubiera alcanzado incluso fuera del edificio.


—Probablemente eso es lo que está diciendo ella —respondió al fin, con una vergüenza que no intentó esconder.


Miró entonces el pijama, casi pidiendo permiso para hacerlo.


—¿Por qué estás así vestida?


María alzó los brazos, despreocupada, con una mueca burlona.


—Siempre hago la madrugada en pijama —dijo—. ¿Qué tiene? Nunca me dicen nada.


César asintió, incómodo. Se pasó la mano por el rostro.


—¿Cuántas notas vas hoy?


—Dos —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Nada más. Luego me voy a dormir.


La ligereza en su voz le raspó algo por dentro.


—¿Y la jefa no te manda capturas de todos los noticieros? —preguntó—. ¿Con todas las notas que salen en la madrugada?


María soltó una carcajada corta.


—No pues —dijo—. Eso es imposible. Nadie puede estar en todo.


César levantó la mirada por primera vez con firmeza.


—Eso me exigía a mí.


La risa de María se apagó en seco. El gesto burlón se le quedó a medio camino, suspendido, ridículo. Bajó los brazos, miró al suelo, al pijama, a la cinta amarilla. Evitó sus ojos.


—Ah… —murmuró, sin saber qué más decir.


El silencio ya no fue cómodo. María se dio cuenta, tarde, de que había estado riéndose de algo que no entendía del todo. De alguien que había cargado reglas que a ella nunca le impusieron. La vergüenza le subió lenta, torpe, como una marea.


César, en cambio, sintió cómo la vergüenza se le transformaba en otra cosa. Algo más duro. Más claro. La molestia de quien por fin reconoce la injusticia sin disfraces.


No dijo nada más. No hacía falta.




César se fue sin despedirse. No por desprecio, sino porque ya no había nada más que decir. Dejó a María trabajando, ajustando el micrófono, recomponiendo una profesionalidad que hasta hace unos minutos no había necesitado justificar. La cámara siguió grabando. El accidente siguió siendo noticia. Todo continuó, como si él no hubiera estado nunca allí.


Caminó de regreso a casa con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. La ciudad parecía más larga ahora, como si cada cuadra se estirara solo para darle tiempo a pensar. Se preguntó qué tan mal había hecho las cosas para merecer ese trato. Qué error invisible, qué falla secreta había cometido para que su jefa lo mirara siempre con lupa, con desconfianza, con esa exigencia que no se repartía de forma pareja.


Repasó cada nota, cada cobertura, cada madrugada en terno, cada captura enviada a deshora. Buscó el momento exacto en que dejó de ser periodista y pasó a ser algo más liviano, más útil, menos incómodo. Un personaje. Una presencia simpática. Alguien que sirve para representar, pero no para decidir.


Le dolió preguntárselo, pero la duda ya estaba ahí:


si para ellos valía más como mascota que como persona.

Si su voz pesaba menos que su sonrisa.

Si su profesionalismo siempre estuvo condicionado a no salirse del papel que le asignaron.


Al llegar a su puerta, se detuvo un instante antes de entrar. Entendió que tal vez nunca obtendría una respuesta justa de Omega Televisión. Que quizá la jefa jamás admitiría nada. Pero también entendió algo más incómodo y necesario.


No había renunciado por incapaz.

Había renunciado para no seguir dudando de sí mismo.

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